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viernes, 21 de julio de 2017

Un cabaret en Islandia (capítulo X)

Vista nocturna de Ciudad de Guatemala.


X


El barco tomó rumbo hacia el golfo de Guinea. La convivencia a bordo seguía ajustándose a las costumbres establecidas. El grupo de viajeros no se mezclaba más de lo necesario con los marinos y, aunque la calma reinaba después de algunos incidentes, los unos y los otros se miraban con cierto recelo. Los marineros, en el fondo, no dejaban de considerar a aquel grupo inusual y variopinto como unos intrusos que habían alterado el régimen de vida habitual en el barco. La vida en alta mar, con sus privaciones e incomodidades, agría fácilmente el carácter de quien debe sufrirla durante largos periodos, de forma que la aparición de cualquier molestia más allá de lo habitual se convierte en intolerable. Por este motivo, el mal genio y las rudas maneras de la tripulación disgustaban a los viajeros, pues temían que su grupo, en el que se reunían mujeres, homosexuales, negros, árabes o judíos, se convirtiera enseguida en el blanco de sus odios. Sabían que los marineros, en el fondo, pertenecían a la misma clase que todos ellos, la de los hombres y mujeres que se ganan la vida como pueden cada mañana, pero también sabían que los oprimidos a menudo reproducen con sus iguales, de forma inconsciente, la dialéctica de los opresores. Pese a todo, el aplomo de Anacarsis y Larry, que habían sabido ganarse el favor del capitán, mantenía el orden a bordo en todo momento.

Una noche a bordo, Alí tuvo un sueño tan lúcido como turbador en su camarote. Desde que había abandonado Siria y su guerra, dormía con más o menos sosiego, pero algunas veces la memoria de su pasado cobraba la forma de pesadillas, como un fantasma que de vez en cuando lo visitaba a través del subconsciente. Soñó que había retornado a su infancia, cuando apenas contaba siete años. Era un niño flaco, de apariencia ligeramente desvalida, que jugaba a la pelota en una plaza de su barrio natal de Homs con los hijos de sus vecinos. Poseía mucha menos destreza para el fútbol que sus compañeros de juego, quienes dominaban los giros, los pases y los regateos con facilidad pasmosa. No se explicaba cómo aquellos niños realizaban con absoluta naturalidad aquellas coreografías con la pelota, como quien se lava los dientes o pasa las páginas de un libro. Le parecía como si un genio maléfico moviera las piernas de los otros con hilos invisibles, regocijándose mientras causaba su envidia y su desconsuelo por no saber moverse de aquella manera. Sin embargo, de súbito se dio cuenta de que su envidia consistía en una absurda ilusión: aquellos niños jugaban al fútbol con habilidad porque les apasionaba, pero él jugaba sólo por la fuerza de la costumbre, para que nadie lo tachase de raro o de solitario. Su corazón y su cabeza se inclinaban hacia otros intereses: le gustaba más observar en silencio las yerbas y los insectos que vivían en los solares de su barrio. Se apartó del juego y se quedó solo y callado en una esquina, mirando embelesado la marcha de un ejército de hormigas que acarreaban migajas de pan hacia su hormiguero, al que entraban desde una mínima oquedad abierta a ras de suelo en un muro de ladrillos. La naturaleza, incluso en sus manifestaciones más humildes, le ofrecía un mundo mucho más interesante que el fútbol. En la naturaleza nadie ganaba ni perdía: todas las criaturas se abrían paso a través de caminos diferentes, a cada cual más inesperado y asombroso. Mientras miraba el partido con indiferencia, recordó que el azar o el destino los separaría a todos, como semillas de vilano esparcidas en el viento, y que no volvería a saber jamás de aquellos niños que corrían y gritaban ufanos en la plaza, como en efecto había sucedido en la realidad. En ese momento el capitán de su equipo, con andares altivos y ceño iracundo, se acercó al muro junto al que Alí se había distraído y le reprochó que hubiera abandonado el juego. Alí se excusó diciendo que se sentía mal del estómago y no podía continuar jugando.

–¡Eres un flojo! –le echó en cara el capitán– ¡No volverás a jugar con nosotros!
–¡Flojo! ¡Flojo! –repetían a coro los niños del equipo contrario.

Sin embargo, todos callaron cuando un ruido atronador inundó el ambiente. La silueta de varios aviones de guerra se perfilaba sobre los edificios del barrio. Aunque Alí no había vivido la guerra de Siria en su infancia, sino en su edad adulta, muchos años más tarde, las imágenes y los pensamientos de varias épocas de su vida se mezclaban en el sueño de una forma en apariencia arbitraria, pero que obedecía a las profundas razones del subconsciente. Los aviones arrojaron bombas sobre la ciudad y todos los niños corrieron a esconderse donde pudieran. Alí se refugió en el portal abierto de un bloque de pisos, agazapado en el hueco que había debajo de una escalera. Desde su escondrijo le sorprendió el estallido más fuerte que había escuchado en su vida, sacudiendo sus tímpanos como parches de timbales. Después de unos minutos de silencio, comenzó a escucharse un coro difuso de voces y lágrimas entre olores de polvareda y humo. Alí se orinó de miedo sobre sus piernas. Miró de reojo hacia la calle, desde el hueco de la escalera, y descubrió que una bomba había caído muy cerca, en la manzana de enfrente, situada a pocos metros del edificio. Había descargado su metralla asesina sobre otro bloque de pisos, reduciéndolo a escombros. Todas las ventanas de los edificios vecinos se habían quebrado como si estuvieran hechas de celofán. Muchas puertas se habían desgajado al momento de sus quicios, como si fueran de cartón piedra. El niño en que Alí se había transformado en aquel sueño se sintió más desvalido que nunca. La muerte había pasado rozando sus cabellos como una bala desviada. Encontrarse vivo o muerto dependía solo de estar en una u otra acera de la calle, de una casualidad ajena a todo sentido. Salió de nuevo a la calle. Comenzó a llamar a gritos a sus compañeros de juego, pero ninguno respondía. No sabía dónde se habían escondido, ni siquiera si estaban vivos o muertos. El sirio se despertó con ansiedad, sudoroso, y suspiró de alivio cuando se dio cuenta de que no se trataba más que de un sueño. Marta dormía tranquila a su lado, sobre el lecho del camarote. El barco apenas se movía, pues atravesaba una zona de calmas.

Alí se sentó en la cama con sumo cuidado, para no molestar el sueño de Marta. Se levantó para quitarse el mal cuerpo que le había dejado la pesadilla. Abrió la puerta del camarote despacio, la cerró sigilosamente y avanzó por el pasillo hasta la cubierta. Miró el cielo estrellado con la misma curiosidad y emoción que las hormigas de su infancia, como si gracias al sueño hubiera recuperado su original asombro por la naturaleza. Aquella noche de luna nueva las constelaciones se veían con una claridad meridiana. Salvo dos o tres, no conocía sus nombres, pero le fascinaban sus líneas semejantes a rosarios luminosos. Una estrella fugaz atravesó el espacio de la noche y se perdió en el infinito. Alí deseó que su viaje no fuese en vano, que la felicidad que había conseguido en los últimos meses como un milagro durase el resto de su vida. Anduvo algunos pasos con la mirada absorta en el cielo, hasta que se tropezó con Anacarsis, que había salido a fumarse un cigarrillo en la cubierta. El joven inglés le invitó a un cigarrillo y el sirio le contó el sueño que había tenido sin muchos detalles.

–¿Puedo hacerte una pregunta? –le pidió Alí.
–Dime –respondió Anacarsis–.
–¿Por qué has hecho este viaje? Los hombres como tú, los que nacen ricos y privilegiados, no suelen embarcarse en estas aventuras. Se dedican a gastar su fortuna sin pensar jamás en la suerte de los otros.
–No sé qué ganaría haciendo lo mismo que los demás, salvo un poso de amargura y aburrimiento. Mis conocidos y amigos de Londres piensan que me he vuelto loco, que estoy jugándome la salud y la vida sin ningún motivo razonable, pero yo me siento más feliz que nunca. Si buscara la aprobación de los demás a todas horas, malgastaría mis años como un miserable, imitando vidas ajenas en vez de llevar la mía.
–¿Sabes? En cierto modo me sucedía algo semejante en la infancia. Cuando me alejaba de los partidos de fútbol de mi barrio para quedarme embelesado con las hormigas, sentía que en el fondo estaba haciendo lo que realmente deseaba. Había encontrado una vocación. Y la opinión de los demás no importaba nada comparándola con esa vocación, con esa alegría interna que nadie comprende salvo uno mismo.

Mientras Anacarsis y Alí filosofaban sobre la libertad individual, Marta seguía durmiendo. Como todos los que se han enfrentado a vivencias traumáticas, ella también sufría pesadillas de vez en cuando. Soñó que se encontraba en el barrio de Ciudad de Guatemala donde vivía, un arrabal de casas de cemento desnudo y materiales de desecho que se apiñaban en los cerros de las afueras de la ciudad. Sobre el arrabal se había formado una masa de nubes plomizas, creando una atmósfera calurosa y húmeda que llegaba a todos los rincones: parecía como si las nubes fueran a descargarse en un fuerte aguacero, pero no se decidían a provocar la lluvia. Marta ejercía la prostitución en las calles del barrio, esperando a sus clientes en lugares más o menos concurridos. Las maras dominaban el barrio y sus criminales paseaban con absoluta impunidad, a menudo con sus armas en la mano. Entre las gentes que iban y venían, le pareció reconocer la figura del narco que la había violado. Se estaba acercando hacia ella para comprar sus servicios. Acordaron el precio y Marta lo llevó a su casa, escondida en un fétido callejón donde había que sortear los charcos para no mancharse los pies de fango. Un perro callejero pasó a su lado y les dirigió su mirada triste, como si presintiera lo que sucedería más tarde. Se acostaron en el jergón que Marta guardaba en su dormitorio. El narco fornicaba sin ternura ni respeto, con la misma violencia que formaba parte de su vida cotidiana. Marta se había habituado a la brutalidad animal de sus clientes, pero aquel hombre le inspiraba miedo. Marta le dijo que había pasado la media hora convenida según el precio y que debía terminar la faena, pero el narco no quería bajarse de la cama. Se había desatado la lluvia y sus enormes gotas caían sobre el techo de plástico y uralita con un ruido inclemente, como si se tratara de granizo más que de lluvia.

–¿Cómo te atreves a mandarme, puta? No sabes con quién estás hablando: con el jefe de la mara –le gritó con desprecio–.

La sujetó por el brazo derecho con su mano izquierda y por el cuello con la diestra. Marta miró con espanto sus brazos fornidos, llenos de tatuajes que indicaban su jerarquía en la mara y sus hazañas criminales. Él empezó a acometerla con furia desmedida: cada una de sus acometidas la desgarraba en lo más hondo. Pero en el sueño Marta no estaba dispuesta a que se repitiera lo mismo que había sucedido en su vida real, cuando la violaron aprovechándose de su indefensión. Ella recordó que había escondido un cuchillo bajo la almohada: movió el brazo izquierdo, que todavía le quedaba libre, hasta encontrarlo. Le clavó el cuchillo en el abdomen: él gritó como un puerco en la hora de su matanza. Se lo clavó tres veces más, hasta dejarlo muerto sobre la cama. Un hilo de sangre se derramaba sobre la blancura de las sábanas revueltas. Con serenidad escalofriante, Marta se levantó de la cama y se dirigió a la cocina con paso raudo. Tomó un hacha de cortar carne que guardaba en el cajón de los cubiertos y regresó al dormitorio. Le cortó la cabeza de un tajo a su violador y salió a la calle sosteniéndola en su mano, como Judith con la cabeza de Holofernes. En la puerta de la casa, la mostró delante de sus vecinos, que la miraban petrificados en su asombro. Entre las nubes, un rayo de sol dorado iluminó de súbito su rostro, como si el cielo hubiera aprobado su acción. Amainaba la lluvia que unos minutos atrás había comenzado. Marta se despertó con un extraño sosiego, mientras su marido abría la puerta del camarote.

–¿Dónde estabas? –le preguntó ella.
–No podía dormir y salí a fumar un cigarrillo.

Marta no le comentó nada a Alí sobre su pesadilla, pues no quería conversar de asuntos escabrosos. Aunque el pasado volviera algunas noches a través del subconsciente, prefería centrarse en el ahora y pensar en un futuro digno. Al fin y al cabo, salvo Anacarsis y Larry, todos los viajeros del grupo huían de su pasado con una agobiante urgencia, como si cada milla náutica de la travesía los alejara un poco más de los fantasmas que aún habitaban sus memorias.

(Fragmento del capítulo X de la novela Un cabaret en Islandia)

domingo, 16 de julio de 2017

Un cabaret en Islandia

Napoleón exiliado en Santa Elena. François-Joseph Sandmann.


Después de quince días de viaje, el barco arribó a la isla de Santa Elena. Fondeó en el puerto de Jamestown, la diminuta capital de la isla, donde se abasteció de algunas provisiones. Desde allí se divisaban las escabrosas peñas volcánicas de la isla, cubiertas de escasos hierbajos y matorrales, a cuyos pies se alzaba aquel pueblo portuario, donde las casas se encajaban entre algunos cultivos en el fondo de un angosto valle que descendía hasta la costa. Anacarsis, siempre deseoso de aventuras, convenció a toda la compañía de subir a la meseta donde se halla Longwood House, la vieja casa de campo donde Napoleón Bonaparte pasó sus últimos años de vida. Algunos miembros de la compañía, como Marta y Alí, hubieran preferido quedarse a descansar en Jamestown de las fatigas de la travesía, pero admiraban con reverencia la curiosidad infinita del joven inglés, que investigaba con denuedo sobre cualquier asunto que llamara su atención. Negociando con los transportistas locales, consiguieron que un microbús los llevara desde la villa portuaria hasta el paraje brumoso donde Bonaparte sufrió su destierro.

Después de una lenta subida por las sinuosas carreteras de la isla, el microbús los dejó en las inmediaciones de Longwood House. A diferencia de la zona costera, seca y abrupta, el paisaje se había convertido en una agradable meseta rodeada por suaves colinas, donde las manchas de bosque se alternaban con los prados. La hacienda, una modesta casa rural de estilo inglés, con un edificio principal y varias dependencias, distaba mucho del lujo de los grandes palacios que Napoleón había conocido en los días gloriosos de su imperio. Sin embargo, destilaba el encanto de las viviendas sencillas, con su jardín poco llamativo pero ordenado con gusto, donde los agapantos blancos y lilas crecían entre las araucarias y las palmeras. Anacarsis pensó que no le importaría exiliarse de manera voluntaria, para el resto de su vida, en un paraje como aquel, apartándose del ruido incesante del mundo y la perversidad infinita de los hombres. Sabía que Napoleón había sentido la humillación de la derrota bajo el techo de aquella casa, que en su fuero interno había maldecido mil veces cada peñasco de Santa Elena, pese a la dignidad y la entereza con las que asumía su destierro frente a los soldados ingleses que lo vigilaban. En cambio, a un viajero errante como él, que no había ganado ni perdido ninguna batalla, que sólo buscaba la sabiduría, semejante destierro le parecía en aquel momento la más hermosa de las bendiciones.

Toda la compañía entró en la casa para visitar las habitaciones donde se alojaba Napoleón. Una tras una, fueron pasando por las diversas estancias: el comedor donde almorzaba con sus criados, el salón donde mataba las horas de aburrimiento jugando al billar o el dormitorio donde se encontraba su lecho de muerte. El conjunto se conservaba con la pulcritud y el esmero que los ingleses dedican a sus lugares históricos. En un rincón sumido en la penumbra, Leila observó una arqueta de madera donde se guardaba la máscara mortuoria del general francés. Realizada en yeso, congelaba para la historia las facciones de un hombre consumido por las úlceras y las hemorragias estomacales que lo llevaron a la tumba. Su semblante insinuaba que había espirado el último aliento con un dejo de resignación y de cansancio, buscando la serenidad en el descanso de la muerte. Anacarsis acudió enseguida junto a Leila para saber qué había llamado su atención.

–¿De qué le sirvió hacerse el dueño de casi toda Europa? Sólo tardó unos años en perderlo todo –afirmó Leila–.
–Así pasan las glorias del mundo… –respondió Anacarsis con gravedad filosófica– El poder, esa droga de los ambiciosos, se pierde tan rápido como se gana, como un castillo de arena que se deshace con la marea. El mismo cuyo ejército asustaba a toda Europa, el mismo que había desafiado incluso a la Rusia de los zares, murió enfermo y olvidado entre el frío, la humedad y las ratas.
–Pero… ¡si esta casa parece de lo más agradable! ¿Era diferente cuando Napoleón vivía?
–Desde luego. El mobiliario es el mismo, pero las autoridades locales lo han restaurado y acondicionado todo, para dejarlo presentable de cara a los turistas. Cuando Napoleón vivía en esta casa, las goteras caían sobre los dormitorios y las ratas hacían agujeros en las cortinas y los libros. La humedad se volvía sofocante y malsana, favoreciendo los catarros y las pulmonías. La historia siempre guarda un final miserable para los más poderosos.
–Así nos recuerda que son tan humanos como el resto. Cuanto más alto se llega, más dura resulta la caída –aseveró Leila–.

Mientras el resto se había desperdigado por las habitaciones de la casa, los dos salieron a los jardines y siguieron conversando entre los macizos de flores. Era la una de la tarde y las nubes atravesaban el azul puro de aquel cielo con sus formas ingrávidas y blancas. Un vientecillo frío y húmedo, el mismo que disgustaba a Napoleón, azotaba el césped sin descanso.

–¿Qué opinas de la forma en que los ingleses trataron a Napoleón? –preguntó Leila–,
–No lo trataron demasiado mal, pero tampoco demasiado bien. Podrían haberle reservado un alojamiento menos insalubre. Los ingleses, ay… son un pueblo de piratas y contrabandistas que ha dado algunos hombres y mujeres excepcionales. Publican sus victorias a bombo y platillo, esconden sus derrotas hasta de los manuales de historia… y rinden culto a su monarquía con un papanatismo sonrojante. Admiro su cultura, pero me asquean su colonialismo y su orgullo nacionalista.
–¿No estás orgulloso de tu país? Eres un inglés muy raro.
–¡Qué tontería! ¿Por qué debería sentirme orgulloso de haber nacido por casualidad en un punto de la tierra? ¿Para menospreciar a los que no han tenido la suerte o la desgracia de nacer conmigo en ese punto? He caído en Inglaterra de manera tan azarosa como una bola de lotería que sale de su bombo, así como podría haber caído en Sudáfrica, en China o en Colombia. Por lo tanto, me limito a considerar mi país sin los prejuicios y las manías del nacionalismo, sopesando sus virtudes y sus vicios como lo haría con el resto. No sé dónde acabaré mis días, pero, si dejara de sentirme a gusto en mi tierra natal, no dudaría en coger las maletas y asentarme en cualquier otra que fuera de mi agrado.

Después de que todos los miembros de la compañía hubieran terminado la visita a la casa de Napoleón, el microbús que los había traído los llevó de vuelta a Jamestown, donde les esperaba el barco. Al día siguiente, la nave siguió su rumbo hacia las costas africanas, cargada con más provisiones, y los viajeros retornaron a las costumbres de a bordo. Se hallaban casi en la mitad del Atlántico sur, atravesando las corrientes oceánicas que suben desde la Antártida hacia el golfo de Guinea para luego bajar hacia las costas de Brasil, describiendo la forma de un rizo transparente sobre la masa de las aguas. Desde la intimidad de su camarote, Marta y Alí no dejaban de organizar planes de matrimonio, aunque se les presentaban innumerables dudas en cuanto a los pormenores de la boda.

–Deberíamos pensar en un día para casarnos –dijo Marta–.
–Nos casaremos en Islandia… Pero todavía es demasiado temprano para decidir una fecha. Antes deberemos hacer el papeleo necesario…
–¿Sabes? Me gustaría que nos casáramos antes de llegar a Islandia, en este barco –le confesó Marta a Alí–.
–¿En este viejo mercante roñoso, donde tantos mareos hemos pasado? –le preguntó Alí con extrañeza– ¿No preferirías un sitio más agradable para nuestra boda?
–Siempre soñé con cruzar el Atlántico en barco. Ahora que el sueño se ha hecho realidad, me gustaría aprovechar la ocasión para casarme.
–Pero… ¿quién va a casarnos?
–El capitán. ¿No sabes que los capitanes de barco pueden celebrar matrimonios?
–¿Y crees que se prestará a casarnos?
–Esta tarde voy a hablar con él.

Decidida a casarse en el barco, Marta habló con el capitán y consiguió su ayuda. Una semana más tarde, la boda se celebró en el salón comedor del buque, que fue decorado con guirnaldas de colores. El capitán lució su uniforme de gala. Los marinos mexicanos tocaron una versión de la Marcha nupcial de Mendelssohn con sus guitarras. La misma tripulación que había armado aquella ruidosa fiesta en el día de la gran tempestad, cuando un rayo casi golpea el barco, en ese momento guardaba un respetuoso silencio, mirando con emoción a Marta y Alí. Anacarsis, vestido con su traje de sastre londinense, leyó un discurso para la ocasión, ensalzando el carácter universal del amor, que había ligado a dos personas de orígenes tan diferentes, y deseando a los novios la mayor de las felicidades. Los cocineros del buque prepararon un menú especial que los siete amigos comieron con toda la tripulación: cazuela de atún con verduras guisadas, pollo al horno con salsa de cebollas y tiramisú de postre. Se brindó con vino blanco y tinto de Argentina, que los intendentes del barco habían comprado en Buenos Aires. No hubo platos de largas elaboraciones y raros ingredientes, pero a todos les pareció uno de los mejores almuerzos que habían probado en su vida, pues el caldo que se comía casi todos los días a bordo, desabrido y aguado la mayoría de las veces, sólo cumplía la función de mantener el estómago lleno. Mientras los comensales disfrutaban de aquella mesa bien servida, el barco se dirigía hacia la costa de Angola, donde llevaría a cabo su siguiente escala.

Pasados unos tres días de navegación, las costas africanas comenzaron a divisarse en el horizonte y arribaron al puerto de Luanda, la capital angoleña. El capitán aprovechó la escala para efectuar unas pequeñas reparaciones en la sala de máquinas del barco y abastecerse de frutas tropicales. Había previsto quedarse un par de días en Luanda, el tiempo justo para realizar aquellas tareas pendientes. Desde que se abrió la pasarela de salida del barco, Anacarsis y Larry se bajaron a darse una vuelta por la ciudad. Los marineros les aconsejaban que se cuidaran de ladrones y desaprensivos en las calles, pero los dos viajeros se reían para sí mismos de sus advertencias, pues en sus aventuras habían aprendido a no asustarse de casi nada. El paisaje no les resultó desconocido. Observaron cómo las zonas residenciales de lujo, donde vivían los altos funcionarios del gobierno y los trabajadores de cuello blanco de las multinacionales, se alternaban con barrios miserables donde los menesterosos se hacinaban en casuchas de latón y de uralita. Como en casi todas las capitales africanas, los vehículos se movían en todas direcciones sin orden ni concierto, creando un caos semejante al de un organismo que perdiera el sentido natural de la circulación de la sangre. En un momento dado, Anacarsis y Larry se detuvieron ante un edificio público que se estaba levantando cerca de las dársenas portuarias. Según rezaba un cartel clavado junto a la obra, aquel edificio minimalista, de aspecto megalómano y pretencioso, acogería las nuevas oficinas del ministerio de educación angoleño. Los obreros habían bajado de sus andamios para comer, así que Anacarsis y Larry se acercaron a preguntarles acerca de su trabajo.

–¿Para quiénes trabajáis? –preguntó Anacarsis.
–Para una multinacional de la construcción –respondió enseguida uno de los obreros–. El gobierno de Angola le ha adjudicado muchas obras: edificios, carreteras, canales… Los ejecutivos de la compañía sobornan a los funcionarios del gobierno y así ganan todos los concursos públicos. Es la misma historia de siempre: la corrupción. Algunos se llevan los beneficios mientras los demás nos quedamos con las manos vacías.
–¿Trabajáis en buenas condiciones?
–Ya nos gustaría. La compañía nos paga sueldos de miseria. Sus jefes de obra nos tratan casi como esclavos. Hacemos unas doce horas de trabajo al día, de lunes a sábado, con una pausa de una hora para comer. Cuando el calor se vuelve demasiado fuerte y no podemos seguir cargando más bloques de cemento, los jefes nos cubren de insultos y humillaciones. Entonces no nos queda más remedio que agotar nuestras últimas fuerzas y seguir trabajando hasta el final de la jornada. Hay que tragar y tragar como si comiéramos cemento. Ahora debemos marcharnos. La sirena para volver al trabajo sonará de un momento a otro.

Anacarsis y Larry se despidieron de los albañiles, agradeciéndoles el tiempo dedicado, y les prometieron que sus testimonios se incluirían de forma anónima, en el reportaje que preparaban para The Spectator. Callejearon un poco más, hasta llegar a la parte conocida como Cidade Alta, donde se situaban el palacio de gobierno y el parlamento angoleño, un edificio monumental de estilo neoclásico, del que sobresalía una cúpula rosada semejante a la del Capitolio de Estados Unidos, cuyos aires de grandeza no casaban con la realidad de un país herido por las desigualdades. Las residencias y los comercios de lujo proliferaban en torno a aquellas construcciones oficiales. Los dos amigos entraron en una suntuosa cafetería, decorada con mesas de mármol y sillas forradas de terciopelo. Pidieron un café: les cobraron tres dólares a cada uno por su consumición. Cuando salieron a la calle, en la puerta de la cafetería, la realidad les golpeó de nuevo: un hombre de cincuenta años que había perdido su pierna derecha, vestido pobremente, caminaba con dificultad apoyándose en dos muletas. Su presencia resultaba insólita en aquel barrio de lujo. Tal vez andaba implorando una pensión de incapacidad entre los organismos oficiales o sencillamente había tomado un atajo para llegar a otro punto de la ciudad. Se acercó a pedirles una limosna en portugués.

–La voluntad, por favor –suplicó con una voz derrotada, como si hubiera perdido hasta el deseo de seguir viviendo–.

Anacarsis dejó caer un par de billetes en su mano. Aprovechando sus conocimientos de idiomas, se decidió a preguntarle algunas cuestiones sobre la situación de Angola y sobre su propia vida.

–Caballero… si no le falto al respeto, quisiera preguntarle cómo se ha quedado usted así. Soy periodista y estoy escribiendo un reportaje sobre las zonas más deprimidas y peligrosas del mundo.
–Su pregunta no me ofende en absoluto. En Angola, cuando la gente se cruza con alguien que ha perdido un brazo o una pierna, ya se imagina que se trata de una víctima de las minas antipersona. Se dice que en el país viven unos cien mil amputados a consecuencia de las minas, lo cual supone la cifra más alta del mundo. Como usted sabrá, este país todavía sufre las consecuencias de una guerra civil que duró la friolera de veintinueve años, desde 1975 hasta 2002. Y, aunque el gobierno proclamó oficialmente que la guerra había terminado en esta última fecha, los guerrilleros que formaban uno de los bandos tardaron casi una década en entregar sus armas, de modo que el país no se pacificó de verdad hasta mucho más tarde.
–Pero… ¿cuáles fueron las causas de la guerra? En Europa casi no se habla de estas cosas, así que me gustaría saberlo –preguntó Larry–.
–En Europa no se habla porque no interesa. Las vergüenzas de los amos del mundo se cubren con un espeso manto de silencio. Se trata de una larga historia. Sentémonos en el banco más cercano y se la contaré en detalle.

Se sentaron en un banco que había en la misma calle, a pocos metros de distancia, y el angoleño comenzó su relato.

–La guerra de Angola, querido amigo, fue la secuela más atroz de la guerra fría. Se enfrentaron tres grandes partidos que luego se transformaron en guerrillas: el Frente Nacional para la Liberación de Angola, el Movimiento Popular para la Liberación de Angola y la Unión Nacional para la Liberación Total de Angola. Abreviando, el FNLA, el MPLA y la UNITA. Cada ejército contaba con una o más potencias extranjeras que lo respaldaban, pero sus alianzas fueron cambiando con los años. A cada cual sus socios de guerra le ofrecían armas, asesores, mercenarios… en fin, todo lo que se necesita para una buena masacre. Comprenderá usted que las guerras civiles estallan sobre todo en los países débiles y sometidos a la influencia de los más poderosos, pues a nadie en su sano juicio se le ocurre tomar las armas contra sus hermanos o sus primos. En estos casos, las fuerzas que luchan sobre el territorio nacional se mueven como títeres al servicio de intereses extranjeros, y así sucedió en Angola.
–¿Y cómo empezó la guerra? ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? –preguntó Anacarsis.
–El asunto venía de atrás. En los años sesenta, el FNLA, el MPLA y la UNITA se enfrentaron al gobierno de Portugal para conseguir la independencia de Angola. Después de la Revolución de los Claveles, el gobierno socialista de Lisboa se comprometió a descolonizar el país y retiró sus soldados. Parecía como si la historia fuera a terminarse en ese punto, pero no había hecho más que empezar. Una vez que el enemigo común se había marchado, los tres bandos comenzaron a pegarse tiros entre sí, cada cual con el apoyo de sus aliados extranjeros. Como se trataba de un ejército comunista, el MPLA se había asociado con la Unión Soviética y Cuba. Por el contrario, Estados Unidos y el Congo respaldaban al FNLA, para luchar contra el comunismo y apoderarse de las minas y los pozos de petróleo de Angola. Por su parte, la UNITA recibía el apoyo de China, pues los chinos querían ganarse un aliado en África para combatir la influencia soviética en el continente. En este jaleo de guerrillas y alianzas, las ganancias de las armerías subieron como la espuma.
–Así funcionan todas las guerras: se trata del negocio de la masacre –sentenció Larry–. Algunos desalmados, haciendo gala de su astucia, convencen a los demás para que se devoren los unos a los otros, como ratas hambrientas en una despensa vacía. Mientras el pueblo muere, los desalmados se frotan las manos desde la retaguardia.
–Tiene usted razón, pero deje que le siga contando –repuso el angoleño–. El gobierno de Lisboa decidió entregar el país al ejército que hubiera tomado Luanda el 11 de noviembre de 1975. El MPLA se apoderó de Luanda en esa fecha y se hizo con el gobierno, pero el FNLA y la UNITA no aceptaron la nueva situación.
–¿Qué sucedió entonces? –preguntó Larry.
–A partir de ese momento, Angola se convirtió en una sucursal del infierno en la tierra. La UNITA rompió su alianza con China y desde entonces se asoció con Sudáfrica y con Estados Unidos en la sombra. En los años ochenta, las tropas del gobierno de Angola, con el apoyo de los soviéticos y los cubanos, derrotaron al FNLA en el norte del país, de forma que este ejército se acabó disolviendo. Ya solo quedaba un enemigo del gobierno, la UNITA, pero no se rendiría fácilmente. Coincidiendo con el gobierno de Ronald Reagan, los yanquis y los sudafricanos le aumentaron sus remesas de armas, de asesores y de mercenarios. De este modo la UNITA sembró el miedo y la devastación en buena parte de Angola. Sus crímenes aterraban a toda la población.
–¿Podrías hablarnos en detalle sobre los crímenes? –preguntó Anacarsis.
–En Angola ya no se habla demasiado sobre el tema, pues la gente sólo quiere olvidarse de un pasado terrible, pero los extranjeros deberían conocerlo. Hay un lugar llamado Cuito Cuanavale, en el sureste del país, donde se libró una de las batallas más duras, en el otoño de 1989, entre las fuerzas del gobierno y los guerrilleros de la UNITA. Gracias a los aviones de guerra soviéticos y a los soldados cubanos, el gobierno del MPLA logró la victoria. En los primeros años noventa se firmó un acuerdo de paz entre los dos bandos, bajo la supervisión de las Naciones Unidas. Se convocaron elecciones y el MPLA las ganó, pero la UNITA no aceptó el resultado y volvió a las armas. Había comenzado la última fase de la guerra.
–¡Madre mía! ¡Vaya novelón de espadachines! –dijo Larry, sorprendido.
–Ya no me queda mucho para el final de la historia –puntualizó el angoleño–. Las Naciones Unidas aprobaron un embargo de armas y de petróleo sobre la UNITA, pero ya se sabe que el mercado negro convierte los embargos en papel mojado. Para financiarse desde aquel momento, la UNITA recurrió a los diamantes de sangre. En los pueblos caídos bajo su dominio, los guerrilleros esclavizaron a miles de campesinos a punta de rifle, para que sacasen de las minas los diamantes en bruto. Luego las piedras se vendían o se cambiaban por armas en el mercado negro. La guerra no acabó hasta que Jonás Savimbi, el cabecilla de la UNITA, fue cosido a balazos por las tropas del gobierno. Mucho tardó en morir aquel viejo canalla. Desde entonces se abrió el proceso de desarme y los angoleños pudimos respirar tranquilos de una vez, aunque sin brazos o sin piernas en muchos casos. Ahora el único mal es la corrupción del gobierno.
–¿Hay algo que podamos hacer por usted? –preguntó Anacarsis.
–Cuenten la historia a todo el mundo, para que no se repita jamás una masacre semejante. No les pido nada más. Ahora debo marcharme y seguir mi camino. Voy a las oficinas de una asociación extranjera que ayuda a los refugiados. No espero ni una migaja de pan de los corruptos del gobierno.
–Le aseguro que contaremos la historia –dijo Larry–. Gracias por todo, buen hombre.

El hombre se levantó del banco y se alejó despacio con sus muletas. A paso lento, cansados, Anacarsis y Larry volvieron al barco para zarpar de nuevo. El enorme abanico de miserias humanas que habían visto a lo largo del viaje los hacía sentirse cada vez más desolados. Anacarsis tenía la sensación de que en Angola no vería nada que no hubiera visto en los demás países que había visitado. La banalidad infinita del mal, que convierte la violencia y el odio en hechos de la vida cotidiana, se repetía de un lado al otro del mundo como una galería de espejos teñidos de negro. El joven inglés no lograba explicarse el egoísmo brutal que abunda en la condición humana, esa capacidad aterradora que permite al hombre ignorar o contribuir al sufrimiento de sus congéneres incluso cuando lo descubre con sus propios ojos. Sentía una absoluta impotencia, una y otra vez, cuando la injusticia le salía al paso en cada escala de su viaje. No había olvidado jamás que vivía en un mundo lleno de imperfecciones, pero los males de la naturaleza, incluso en sus peores formas, como las epidemias o los terremotos, le parecían insignificantes si los comparaba con todos los que el hombre se causaba a sí mismo. Por lo tanto, la crueldad humana no podía considerarse una estrategia de supervivencia, pues al final acarreaba más problemas que ventajas a toda la especie. Aquel egoísmo insano, según razonaba, debía consistir en una enfermedad de la cultura, en un cáncer monstruoso que se desarrolla en el seno de la sociedad y se transmite de padres a hijos a través de la educación. Por un momento, se abrumó pensando en el estado general de miseria de la especie humana y en lo mucho que todavía le faltaba para alcanzar unas condiciones de vida realmente dignas, pese a todos los avances tecnológicos del siglo veintiuno. En cambio, Larry prefería suspender el juicio, renunciar a preguntarse por qué existe la maldad en el hombre, pues sabía que se trataba de una cuestión a la que ni siquiera los grandes maestros de la filosofía o de la ciencia habían dado una respuesta definitiva. ¿Quién era él, un oscuro periodista de Londres, para sentenciar sobre la condición humana? Al fin y al cabo, la supervivencia laboral había absorbido todas sus preocupaciones: el oficio de periodista había cambiado mucho en las últimas décadas, lo cual exigía adaptarse a los cambios con rapidez e inteligencia.

(Fragmento del capítulo X de la novela Un cabaret en Islandia)

viernes, 30 de junio de 2017

La maldita vergüenza (y IV)

Blues Project. Cartel psicodélico de Victor Moscoso.


Cuando volvieron a la casa de la comuna, Germán y Suzanne guardaron los cogollos de marihuana recién cogidos en la bodega, un sótano de muros de piedra, fresco y umbrío, que servía como secadero para la cosecha. Luego subieron a la sala de estar y Suzanne salió para sentarse en el porche, mientras Germán se quedaba dentro, recostándose sobre un desvencijado sofá de tono rojo oscuro. Pasó un rato en duermevela, intentando dormirse del todo, hasta que Paul entró por la puerta de la calle, buscando algo de fruta para comer en el frutero que había sobre la mesa. En aquel momento, Germán abrió sus ojos entrecerrados y no pudo evitar cómo su mirada se fijaba en la espalda de Paul: una espalda musculosa y ancha, que se adivinaba tras una camiseta blanca ajustada, y unas nalgas fornidas que se traslucían bajo sus pantalones vaqueros. No era la primera vez que sentía atracción por un hombre: cuando paseaba por las calles de Madrid o cogía el metro para dirigirse a su trabajo, a veces se fijaba en algunos transeúntes de singular belleza, que resaltaban entre la muchedumbre como estrellas fugaces entre las sombras de la noche. Y más de una vez habría deseado besar aquellos rostros, acariciar aquellos cuerpos, pero el miedo a lo que dirían su familia, sus amigos y su entorno lo paralizaba. Ahora aquella sensación retornaba de forma inesperada y no tenía que rendirle cuentas de sus actos a nadie. Siguió mirando a Paul con lascivia, hasta que éste se volvió y le dirigió una mirada que revelaba una mezcla de extrañeza y deseo. Acto seguido, le preguntó a Germán:

–¿En qué piensas?
–Hace mucho calor –le respondió Germán–. La sangre se me altera.
–¿Qué quieres decir?
–Me apetece hacer cosas nuevas, cosas que jamás he probado hasta ahora…
–¿Por ejemplo? –le preguntó Paul, quien se mantenía a la expectativa, guardando una prudente distancia respecto a Germán.
–Me gustaría acariciar a un hombre.

Paul se acercó a Germán. Él también era bisexual, pero lo reconocía abiertamente, y había vivido algunas experiencias eróticas con hombres, primero en Alemania, visitando bares y clubes de ambiente homosexual, y más tarde en las orgías que de vez en cuando celebraba la comuna.

–¿Quieres que te acaricie? –le preguntó Paul.
–Sí.

Paul se sentó en el sofá y ambos comenzaron a besarse. Se sentían cada vez más excitados. Su respiración y sus latidos se aceleraban cada vez más.

–Vamos al baño y cerremos la puerta –le susurró Paul–. Así nadie nos molestará.

Entraron en el cuarto de baño, que se situaba junto a la sala de estar, y cerraron la puerta sin pasar la llave.

–Echemos un polvo rápido –le pidió Germán a Paul–.
–¿Qué prisa tienes? Si corres demasiado no disfrutarás –le aconsejó Paul–.

Paul se bajó los pantalones y los calzoncillos. Germán abrió la cremallera de los suyos para sacar el pene. Era la primera vez que mantenía relaciones sexuales con un hombre. Introdujo su falo erecto entre las nalgas de Paul y enseguida lo invadió un fuerte goce. Comenzó a sacudirlo con energía dentro del recto de Paul y éste emitió los primeros jadeos de satisfacción.

–Más despacio –le rogó el alemán–.

Germán bajo el ritmo de las sacudidas y siguió acometiendo, mientras Paul se masturbaba furiosamente y las manos de Germán acariciaban su torso musculoso. Alcanzaron el orgasmo casi al mismo tiempo: Germán eyaculó en el recto de Paul y éste lo hizo unos segundos más tarde, culminando su masturbación con un chorro de semen que se vertió sobre la taza del inodoro. Todavía Germán estaba acoplado a Paul cuando la puerta del baño se abrió  de golpe. Ambos se quedaron inmóviles por el sobresalto, como figuras de hielo. Suzanne los había descubierto en pleno desarrollo de sus juegos carnales.

–Perdón. No sabía que estabais ahí –respondió Suzanne y cerró la puerta de inmediato–.

Ninguno se volvió para mirarla, pero su tono de voz no delataba ira ni escándalo, sino una sensación de absoluta normalidad, como quien entra en una habitación y sale en cuanto descubre que está pisando un suelo recién fregado. Aquella noche los miembros de la comuna cenaron todos juntos, como de costumbre. Mientras tomaban una sopa de verduras que Alice había preparado, Suzanne y Paul seguían llevándose como siempre, al menos en apariencia: se miraban sin recelo, como si ningún motivo los hubiera enemistado, y de sus labios no salía ninguna indirecta sobre el asunto de aquella tarde. Por el contrario, conversaban sobre el cultivo de marihuana y los abundantes cogollos que estaban recogiendo aquellos días, como si nada hubiera sucedido entre ambos. Únicamente Germán andaba un poco taciturno, pues temía que la discordia estallara después de la cena, cuando los demás se marcharan a sus habitaciones, y no paraba de observar a los dos con disimulada fijeza, esperando que sus temores se confirmaran. Cada uno de los miembros de la comuna, incluso Paul, recogió su plato cuando terminó la cena y subió a los dormitorios, hasta que sólo quedaron Suzanne y Germán en el comedor. Desde aquel momento, un silencio incómodo se apoderó de la estancia. Suzanne llevó su plato a la cocina y volvió a sentarse; Germán hizo de inmediato lo mismo, tomó una cajetilla de tabaco que había en el centro de la mesa y fumó un cigarrillo. La joven americana permanecía callada, con el semblante serio, pero no mostraba signos de enfado ni de contrariedad. Simplemente parecía cansada por el trabajo de aquel día. Sin embargo, Germán no sabía cómo hablarle para romper aquel silencio que lo estaba desesperando. Finalmente se atrevió a decirle algo.

–Suzanne…
–Dime.
–Te noto muy callada… ¿Te has enfadado conmigo?
–¿Por qué debería haberme enfadado?
–Por lo de Paul y yo…
–¿Por eso? Me parece normal. Yo he mantenido relaciones con mujeres.

Germán la miró desconcertado, pues no se imaginaba que Suzanne le respondería de aquella manera. Tomó aliento para seguir hablando.

–¿Sabes? Fue algo inesperado. Sentía ganas de probar el sexo con un hombre, y de repente Paul estaba allí, incitándome con su cuerpo maravilloso…
–No tienes que justificarte. Eres libre para disfrutar con tu cuerpo como quieras. Y nadie, ni siquiera yo, tiene derecho a juzgarte por ello.
–Pero, ¿no estamos enamorados? ¿No nos queremos?
–Claro que sí. Pero amar a alguien no significa poseerlo como un objeto. No debo tratarte así, ni tú debes hacerlo conmigo. Lo contrario no es amor, sino esclavitud encubierta. Mira, yo también me acuesto a veces con Alice… Hacemos nuestras cosas cuando nos apetece. Y nadie se lleva las manos a la cabeza. ¿Por qué me debería limitar a quererte sólo a ti o sólo a Alice? Sólo vivimos una vez y estamos llamados a repartir el amor entre las personas con las que nos cruzamos en la vida.

Germán se quedó pensativo, sumiéndose en un profundo silencio. Todos los esquemas que su educación le había enseñado sobre las relaciones afectivas se habían venido abajo como un castillo de naipes.

–Nunca había conocido una mujer tan sabia como tú. Y no lo digo para adularte, sino tal y como lo pienso. Eres joven como yo, pero hablas con una madurez impresionante, una madurez a la que muy pocas personas llegan. Yo todavía necesito aprender mucho.
–Si tú lo piensas así… Desde que tomé la decisión de venir a Brasil, cuando aún vivía en Estados Unidos, mi familia, mis amigos y el resto de la gente me dijeron de todo: que era una ilusa, que había perdido la cabeza, que iba a tirar mi vida entera por la borda… Unos procuraban disuadirme de la idea, con buenas intenciones; otros se limitaban a reírse de mí con bromas pesadas o crueles. Algunos días terminaba llorando a solas en mi cuarto, pues me sentía como si todo el mundo me despreciara. Sin embargo, desde que vivo en la comuna me he dado cuenta de un hecho curioso: la madurez no depende tanto de los años cumplidos como de la actitud ante la vida. Una persona de veinte años, según su forma de pensar, puede comportarse con mayor madurez que una de sesenta. Y esta situación ocurre más de lo que parece.

Germán se sentía feliz, pero también desconcertado. Algunas veces discutía con Suzanne por bagatelas de la vida cotidiana. Tras aquellas discusiones, ambos dejaban de hablarse durante unas horas o todo el día, pero al día siguiente no tardaban en reconciliarse y olvidaban sus diferencias. Una mañana de sol abrasadora, Suzanne había salido al porche desnuda para fumarse un canuto de marihuana. Germán se había acostumbrado a que los miembros de su nueva familia anduvieran desnudos por las habitaciones de la casa, pero aún le chocaba que salieran de allí sin ropa.

–Hace un día muy caluroso. ¿Por qué no te desnudas como yo? –le sugirió Suzanne con absoluto desenfado, sin cuidarse de escrúpulos morales–.
–Prefiero quedarme así, de verdad. No tengo mucho calor –respondió Germán con pudor contenido–.
–¿En serio? ¡Líbrate ya de la maldita vergüenza! –le respondió Suzanne– Quedarse desnudo al aire libre no es ningún delito. Y los que no quieran vernos así ya pueden mirar hacia otro lado.

Suzanne se acercó despacio a Germán y comenzó a desabrocharle la camisa, poniéndolo contra la barandilla del porche. Mientras sus manos trajinaban sobre el pecho de Germán, él notó una fuerte y súbita erección. La tomó en sus brazos para comérsela a besos. Acto seguido, se bajo los pantalones y la penetró de forma impetuosa, con la virilidad salvaje de los caballos y los toros. Ella jadeaba sin descanso, con la respiración cada vez más entrecortada, como si fuera a desmayarse de un momento a otro. Su pecho se acompasaba con el ritmo de sus jadeos. A Germán le parecía estar abrazando una criatura tan frágil como poderosa, una vasija de arcilla que estuviera a punto de quebrarse entre sus manos, derramando una luz infinita sobre todo su cuerpo.

–Más suavemente, por favor –le pidió Suzanne–.

Germán accedió a su ruego y disminuyó la fuerza de su acometida. Lentamente fueron llegando al orgasmo, hasta que Germán sacó su pene de la vagina de Suzanne, con un brusco movimiento, y lanzó un generoso chorro de semen sobre la tarima del porche.

–Podías haber seguido –le dijo Suzanne–.
–No tenemos condones y no quiero dejarte embarazada –replicó Paul–.
–No importa. Tomo la píldora anticonceptiva –respondió Suzanne–. Un contrabandista me la vende a buen precio.
–Habérmelo dicho antes. De lo contrario no hubiera dado marcha atrás.

En las siguientes semanas, la relación de Germán y Suzanne fue madurando hasta consolidarse. Como si fuera Diótima, la sacerdotisa de Eros que enseñó a Sócrates su doctrina sobre el amor, Suzanne descubrió a Germán toda una visión de los afectos y de la sexualidad que ignoraba por completo. Al principio, a Germán le costó mucho aceptar la idea de las relaciones abiertas, pero con el tiempo le parecía cada vez más sensata y razonable. Comprendió que debía construir su identidad y sus preferencias sexuales según sus deseos más íntimos, sin someterse a la dictadura de las normas sociales, pues sólo así permanecería fiel a sí mismo y evitaría convertirse en esclavo de prejuicios y mentiras. Al mismo tiempo, Suzanne lo inició en el consumo de las drogas alucinógenas. Brasil ofrecía un campo abonado para conseguir y probar diferentes sustancias que las culturas indígenas habían empleado para comunicarse con los muertos y con los dioses. La ayahuasca era una de estas drogas, que Suzanne ya había probado en varias ocasiones. Una mañana, mientras Germán y Suzanne recogían aguacates en las huertas de la comuna, ella introdujo el tema en la conversación.

–¿Y si bebiéramos juntos una dosis de ayahuasca? –sugirió Suzanne.
–¿Ayahuasca? He oído alguna vez el nombre de esa droga –respondió Germán intrigado–. ¿En qué consiste?
–Es una especie de infusión que se prepara con varias plantas de la selva. Algunas tribus indias la usan para viajar por el más allá y hablar con sus muertos.
–Eso promete –dijo Germán entre risas–. Pero, ¿no sería demasiado fuerte para nosotros?
–Si sabes cómo consumirla, no te pasará nada. Un chamán de la selva me enseñó a hacerlo.
–¿Ya la has probado? –preguntó Germán con asombro.
–Sí. Un par de veces, siguiendo las instrucciones del chamán.
–Nunca he probado alucinógenos. Me dan miedo. Mucha gente se ha vuelto loca o se ha quedado muerta por consumirlos.
–No temas. Yo sé la dosis adecuada y las precauciones que se deben tomar con la ayahuasca. Me gustaría, si quieres, que los dos hiciéramos un viaje con ella. Pero sólo debes usar la droga cuando te sientas preparado. Si la tomas con miedo pasarás un mal viaje y no querrás volver a probarla.
–Si la tomas conmigo, no tendré miedo, aunque vea dragones y demonios en el viaje –repuso Germán medio en serio, medio en broma–.
–Lo que veas o no depende no sólo de la droga, sino también de ti mismo. Si te pones angustiado o nervioso, el viaje será para ti como una bajada a los infiernos, pero si te relajas verás auténticas maravillas.
–¿Cuándo habías pensado tomarla?
–Mañana por la tarde, Pero, si quieres, podemos dejarlo para otro día. No hay prisa.
–No. Estoy dispuesto a tomarla mañana.
–¿Seguro?
–Sí. Si me acompañas en el viaje, no perderé la calma.
–De acuerdo. Mañana por la tarde lo haremos.

Al día siguiente, sobre las cuatro de la tarde, Germán había caído en duermevela, tumbado sobre la hamaca del porche, bajo el clima de sosiego que respiraban el jardín y las plantaciones cercanas. Desde los árboles, algunos pájaros trinaban con acentos metálicos. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de la indolencia sin sentirse culpable, pues desde su entrada en la universidad se había sometido a un ritmo de trabajo incesante, primero en las aulas y más tarde en la compañía de seguros. Se había convertido, en suma, en un esclavo de la productividad sin darse cuenta. De repente, Suzanne abrió la puerta y salió al porche.

–Es la hora del viaje –le avisó con voz muy suave para no despertarlo bruscamente–.
–Sí. Vamos.

Germán se incorporó de la hamaca, despabilándose con rapidez. Los dos entraron en la casa y subieron al dormitorio de Suzanne. La habitación estaba amueblada de forma sencilla pero digna, con una cama matrimonial, una mesilla de noche, un par de sillas, un armario y una estantería para libros. Sobre su mesilla de noche, la joven americana había puesto una botella que guardaba la infusión mágica y dos tazas para beberla. Mientras miraba la colección de libros alojados en la estantería, Germán distinguió varias obras de Michel Foucault: Vigilar y castigar, Historia de la sexualidad e Historia de la locura.

–Por lo que veo, te gusta la filosofía –dijo Germán–.
–Empecé a leer a Foucault con veinte años, cuando estudiaba periodismo –respondió Suzanne–. Cambió mi forma de pensar y mi vida con ella. Creo que, si no lo hubiera leído nunca, no estaría aquí.
–Serías un ama de casa aburrida en un lujoso chalet americano –se rió Germán–.
–Probablemente –se rió Suzanne–. Foucault me enseñó muchas cosas. Gracias a él entendí que nuestra visión del amor y del sexo está llena de prejuicios y estereotipos. Y sobre todo aprendí que nadie tiene derecho a controlar nuestros cuerpos: ni el estado, ni la religión, ni la familia.
–Estoy de acuerdo contigo. Pero al mundo le costará mucho cambiar sus ideas.
–Tardará mucho, sí, pero confío en que algún día las cambiará. ¿Estás preparado?
–¿Para tomar la ayahuasca? Sí, claro.
–Vamos allá.

Los dos bebieron al mismo tiempo su dosis de ayahuasca y se tumbaron en la cama cogiéndose de la mano. Germán pasó media hora en estado normal de vigilia, hasta que percibió cómo su espíritu salía de su cuerpo y flotaba en el aire, como si hubiera emprendido un viaje astral. Tras quedarse inconsciente por unos segundos, apareció en el edificio de la compañía de seguros donde trabajaba cuando vivía en Madrid. El lugar había cambiado mucho respecto a la imagen que guardaba su memoria: un extraño silencio reinaba en las oficinas y los pasillos desiertos, donde no se veía ni una sola persona. El polvo inundaba el suelo, muchas ventanas se habían roto y las telarañas iban creciendo por los techos y muros como una lepra indomable. Germán se sentía cada vez más inquieto. Debatiéndose entre el deseo de marcharse de aquel edificio y la curiosidad por seguirlo explorando, subió por una escalera que lo condujo hasta un largo pasillo, el cual tenía numerosas puertas a ambos lados. Germán fue abriendo las puertas, una por una, pero todas ellas le ofrecían visiones aterradoras: en todos los despachos había esqueletos humanos sentados en las sillas, cubiertos de polvo y telarañas. Algunos se encontraban frente a los ordenadores, alargando sus brazos para escribir en el teclado; otros reposaban sobre las sillas con los brazos caídos, como si estuvieran hartos de su trabajo. Germán caminaba cada vez más temeroso, con el estómago revuelto y las manos trémulas, hasta que llegó a una puerta situada al final del pasillo. Abrió la puerta y se encontró con el despacho de Pablo Sañudo, su antiguo jefe.  Se mantenía como la hora en que Germán lo había asesinado, pero sólo difería en un detalle. Sobre el sillón de cuero negro permanecía sentado un esqueleto humano, vestido con traje y corbata, apoyando sus brazos en el escritorio de roble, en la misma postura en que Germán había sorprendido a su jefe en el momento del crimen. Germán contempló la escena con una mezcla de asombro y espanto. Un sudor helado le bañaba la frente y su corazón había comenzado a latir con furia inusitada. Acto seguido, el suelo comenzó a derrumbarse bajo sus pies y todo el edificio desapareció. Sintió como si cayera desde un rascacielos o un abismo y perdió la vista por unos segundos.

Cuando recobró la vista, se sorprendió caminando por la selva amazónica: ahora lo rodeaba la maravilla de la naturaleza. Anduvo un trecho bajo un dosel de frondosos árboles tropicales, entre graznidos de pájaros y aullidos de monos, hasta que descubrió un claro en el bosque. Alzó la vista y observó que en lo alto del cielo brillaba un sol naranja, en cuyo centro se abría un gran ojo azul. Hacia aquel ojo solar ascendían bandadas enteras de guacamayos azules, perdiéndose en un halo de luz cuando llegaban a las alturas. Oyó entonces una voz que le dijo: La energía creadora vive en todas partes, en el mundo y más allá del mundo; sube y baja del cielo a la tierra y viceversa, como un círculo infinito. Tú eres una llama de ese fuego, como todo lo que ves ahora. De pronto vio un camino abierto en la selva, que se extendía varias millas y conducía hasta un monte escarpado y cubierto de hierba, que por su forma parecía un antiguo volcán que se hubiera apagado. Germán comenzó a recorrer el camino, creyendo que le costaría varios días acabarlo, pero, como si se tratara de una ilusión óptica, la senda iba acortándose a medida que caminaba. En cuestión de poco rato, que calculó como una hora, ya se encontraba en la base del monte. Apenas notaba cansancio. Siguió un camino sinuoso que subía por las faldas, entre prados y rocas, y en sólo quince minutos alcanzó la cumbre. La daba la sensación de que una fuerza misteriosa lo hubiera impulsado por todo el camino. Desde la cumbre, el ojo solar se veía mucho más cercano que desde el claro de la selva, y hasta podía sentir el calor de sus llamaradas como una ráfaga de aire tibio. Una paz infinita lo embargó en aquel momento, como si fuera Dante cuando miraba el rostro de Dios en lo alto del paraíso, pero la misma voz que había escuchado en el claro de la selva le dijo así: Ahora debes bajar de este monte y seguir tu camino. Pero nunca olvides lo que has visto ahora. Nada más escuchar estas palabras, Germán despertó de sus visiones y se encontró en la cama del dormitorio, con Suzanne a su lado. Ella no había terminado aún su viaje con la ayahuasca, pero parecía tranquila, con una leve sonrisa en la cara, como si estuviera frente a un paisaje bello y apacible. Tardó media hora más que Germán en volver a la realidad inmediata.

En los días siguientes, Germán no cesaba de recordar las visiones que había experimentado con la ayahuasca. A menudo preguntaba a Suzanne sobre los chamanes de la selva y el uso religioso de las drogas. Para saciar su curiosidad, ella le relataba cuanto sabía, pues a Germán le fascinaba la idea de convertir las sustancias de la naturaleza en vehículos para comunicarse con lo absoluto. También le llamaba la atención el hecho de que los miembros de la comuna poseyeran diversas creencias religiosas, aunque ninguno perteneciera a una religión organizada. El viejo Joe era panteísta, pues había leído en su juventud las obras de Baruch Spinoza y todavía se sentaba de vez en cuando a releerlas con gusto. Suzanne y Alice adoraban a la madre tierra, de manera que profesaban una suerte de neopaganismo. Casi todas las semanas, las dos quemaban incienso en el jardín de la comuna como ofrenda a su diosa. En cambio, Annabel y Paul se declaraban agnósticos, pues ninguna creencia religiosa terminaba de convencerlos y preferían centrarse en los problemas de la vida cotidiana. Por otro lado, Germán ya ni siquiera estaba seguro de aquello en lo que creía o dejaba de creer. En los últimos tiempos se formulaba cada vez más preguntas metafísicas. Se preguntaba si un dios había creado el universo, si él mismo había nacido para cumplir un fin determinado, si todo lo que le pasaba respondía a alguna lógica o, por el contrario, carecía de sentido. La ayahuasca le había sugerido algunas respuestas insólitas pero muy reveladoras, que abrían puntos de luz en el bosque de sus dudas como luciérnagas en la noche: en el viaje psicotrópico realizado unos días atrás, había intuido la existencia de un autor de la naturaleza, una energía creadora y consciente de sí misma que estaba en el universo y a la vez lo trascendía. De este modo, sin haber leído jamás las obras de Krause, había llegado a una conclusión semejante al panenteísmo, la original síntesis de teísmo y panteísmo elaborada por este filósofo alemán. Sospechaba que su propia vida encerraba un propósito determinado, pero lo iría descubriendo a medida que envejeciera, y tal vez sólo llegaría a conocerlo del todo en la hora de su muerte. Ocurría lo mismo con todas las situaciones que una aparente casualidad iba poniendo en su camino, pero que guardaban una lógica secreta que no había descifrado aún. A veces, cuando Germán se quedaba a solas en la casa, este cúmulo de ideas lo abrumaba y salía a dar una vuelta por la finca para despejarse la mente.

Por el contrario, los vecinos del pueblo vivían sometidos a la influencia de la religión organizada. En la localidad había tres iglesias católicas y una evangélica: ésta había cobrado mucha pujanza en los últimos años, debido al rápido crecimiento de las congregaciones evangélicas en todo el país. Hacía como una semana que esta iglesia había cambiado de pastor: el obispo diocesano había enviado al antiguo a otro pueblo de la zona, pues cada vez más familias de campesinos se convertían a su credo y se necesitaban ministros para atenderlas. Una tarde, el nuevo pastor se dirigió a la comuna. Le habían hablado sobre aquellos hombres y mujeres libertinos, los únicos del pueblo que no acudían a ninguna iglesia, y pensó que se le ofrecía una oportunidad inmejorable para convertir un grupo de incrédulos a su fe. Si conseguía su objetivo, podría anotarse un éxito ante su comunidad y ganaría prestigio en el pueblo. Cuando el pastor llegó a la casa, el viejo Joe se encontraba en el porche, con la mirada perdida en lontananza. Había sacado una mecedora para sentarse y estaba fumando un cigarrillo de marihuana, mientras se balanceaba como un péndulo con el vaivén de la mecedora.

–Buenas tardes –saludó Joe desde el porche–. ¿Qué desea?
–Buenas tardes. Soy el nuevo pastor evangélico –se presentó el sacerdote con amabilidad–. Me gustaría hablar un rato con ustedes.
–¿Sobre qué? –le preguntó Joe con cierta desconfianza, mientras daba una calada a su cigarrillo–. Por aquí no acostumbran a venir pastores.
–Lo sé –respondió el pastor–. Me gustaría hablar con ustedes acerca de la palabra de Dios y el mensaje de Cristo… La Biblia tiene grandes respuestas a las preguntas que todos nos hacemos: quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. Y nos enseña, además, qué sucederá en el final de los tiempos.

El viejo Joe suspiró, armándose de paciencia para aguantar el discurso del pastor y no echarlo de allí con cajas destempladas.

–Verá, señor pastor… ¿Cómo se lo puedo explicar? Todos los que vivimos en esta comuna fuimos educados en algún tipo de fe cristiana. Pero la religión ya no nos interesa. La respetamos, pero no la compartimos. Hacemos nuestra vida al margen de sus normas. Y somos felices así. Señor pastor, en esta comuna sólo manda la libertad. Cada uno decide libremente sus creencias. Algunos son panteístas, otros se confiesan agnósticos y otros adoran a la madre tierra. Si uno de nosotros, algún día, quiere convertirse a la iglesia evangélica, se acercará a usted y le pedirá consejo, pero de momento no queremos oír sermones. Ninguno de los miembros de esta comuna va por ahí reclutando panteístas, agnósticos o devotos de la madre tierra.
–Pero… Hay algo sobre lo que ustedes deberían meditar. Ustedes viven en pecado. La gente del pueblo me ha contado que celebran orgías, mantienen relaciones homosexuales y consumen drogas. El mal ha entrado en esta casa. ¿Saben ustedes lo que esto significa? Si no se arrepienten, jamás podrán salvarse y quedarán condenados para toda la eternidad.
–Señor pastor, no se confunda –le replicó Joe con desgana–. En esta casa reina la libertad de costumbres, por así decirlo, pero ello no significa que seamos criaturas inmorales y perversas que merecen el infierno. Tratamos de ayudarnos los unos a los otros, repartimos en igualdad los frutos de nuestras cosechas y vivimos en paz, sin hacerle daño a nadie. ¿No era esto lo que Jesús predicaba? ¿No era eso lo que pedía a los hombres? Pues olvídese de orgías, amores homosexuales y drogas: todo ello forma parte de nuestra vida personal y a usted no le concierne en absoluto. Por favor, no moleste a los moradores de esta casa con su proselitismo agresivo. Se lo ruego con toda la educación del mundo.
–No hay pecado más grave que la insistencia en el error –le advirtió el pastor con semblante severo–. Algún día, el Señor les pedirá cuentas… y será demasiado tarde para arrepentirse.
–¿La verdad? ¿El error? ¿Acaso usted posee la verdad absoluta? –replicó Joe, cada vez más molesto– ¿Lo sabe todo sobre la tierra y el cielo? Quizá le convendría una pequeña dosis de humildad cristiana.

El pastor no siguió replicando y se marchó con indignación contenida. El domingo siguiente por la mañana, cuando oficiaba la misa en la iglesia evangélica, leyó un encendido sermón contra las malas costumbres ante sus feligreses, quienes escuchaban con atención y reverencia sus palabras. Desde el púlpito a donde se subía para predicar, su voz admonitoria resonaba en todo el espacio del templo:

–El libertinaje es un grave pecado contra Dios. Y debéis saber que hay libertinos entre nosotros. Desprecian la castidad, manteniendo relaciones fuera del matrimonio, y se entregan a todo género de aberraciones, celebrando orgías y cohabitando con parejas del mismo sexo. Sin embargo, no satisfechos aún con este libertinaje, se emborrachan y consumen toda clase de drogas. En verdad os digo que estos pecadores se condenarán en el infierno para toda la eternidad. Y debemos combatir su mala influencia, porque son la peste que Satanás envía para corromper las costumbres de nuestra comunidad.

Algunos feligreses interpretaron las palabras del pastor como una especie de llamada a la guerra santa contra los hippies de la comuna, quienes de repente se habían convertido en embajadores del infierno en aquel sosegado pueblo. Después de la misa, dos hombres se quedaron en la iglesia para hablar con el pastor en privado.

–Señor pastor, esa comuna es un peligro para la moral de nuestra comunidad –se quejó uno–.
–Sin duda –aseguró el pastor–.
–¿Qué podemos hacer? Deberíamos tomar cartas en el asunto –sugirió otro–.
–Tengo un plan y vosotros dos podéis ayudarme a realizarlo. Venid a las cinco de la tarde y os contaré lo que vamos a hacer –respondió el pastor–.

A las cinco de la tarde, los dos vecinos acudieron a su cita con el pastor en la iglesia. Cuando habían entrado en el templo, el pastor cerró enseguida con llave la puerta. Nadie supo lo que se dijo en aquella reunión, salvo los allí presentes. Aquella misma noche, sobre las diez, el pastor salió de su casa y se dirigió con los dos hombres a las tierras de la comuna. Como el paraje se había sumido en la oscuridad absoluta, aquella comitiva de fanáticos traía consigo una pequeña linterna para alumbrarse y un machete por si alguna alimaña se cruzaba en su camino. Llegaron al jardín y se situaron a una distancia prudente de la casa, ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Las ventanas de la planta baja se veían iluminadas: los miembros de la comuna estaban cenando. Uno de los hombres cargaba una bolsa de tela llena de piedras; el otro, una lata de gasolina, un mechero y un palo dispuesto a convertirse en antorcha. El plan de los tres consistía en lanzar pedradas a la casa y prenderle fuego, valiéndose de la oscuridad nocturna para que nadie los reconociera. Al día siguiente, después de que las llamas hubieran calcinado la casa, el pastor proclamaría ante sus fieles que el incendio había sido un castigo divino por el libertinaje de sus moradores. Mientras miraba la casa, el pastor avisó a los dos hombres:

–Ahora es el momento.

Acto seguido, uno de los hombres descargó una lluvia de piedras sobre las ventanas de la planta baja de la casa, donde se encontraba el salón comedor. Los cristales se hicieron añicos de forma estrepitosa. El otro hombre, sosteniendo el palo en su mano derecha, aguardaba la orden del pastor para mojarlo en la lata de gasolina, prenderle fuego y arrojarlo contra la casa. Enseguida cundió el pánico entre los miembros de la comuna. Suzanne y Alice chillaron despavoridas, pues la lluvia de piedras las había sorprendido mientras cenaban, y se pusieron a cubierto debajo de la mesa. Los añicos de cristal se habían desparramado por el suelo del salón. Germán subió corriendo las escaleras, para llegar a su dormitorio y coger la pistola que había comprado al contrabandista de armas el día que ingresó en la comuna. Salió al porche, dirigió la pistola hacia arriba, con el brazo en alto, y gritó a voz en cuello:

–¿Quién anda ahí?

De inmediato lanzó una ráfaga de tiros al aire. El pastor y los dos vecinos se escondieron detrás de unos arbustos y salieron corriendo, pues no se imaginaban que aquellos hippies tuvieran armas de fuego para defenderse. Germán pudo oír el rumor de sus pasos veloces en la oscuridad, como si fueran pecaríes o carpinchos huyendo de un cazador en la selva. Una vez ahuyentado el peligro, Germán entró de nuevo en la casa.

–Fuera quien fuera, parece que se ha marchado. Espero que no vuelva –dijo Germán.
–Menos mal que tuviste reflejos –comentó Suzanne–.
–En todo el tiempo que llevamos aquí, nunca había pasado nada semejante –repuso Alice–.

El viejo Joe, que había bajado de su dormitorio para saber qué estaba sucediendo, se llevó la mano al bigote con un gesto de preocupación.

–Justo después de que el nuevo pastor nos visita, nos tiran piedras a la ventana –apostilló con aire de sospecha–.
–¿Crees que hay alguna relación entre la visita del pastor y lo de esta noche? –le preguntó Germán.
–No me extrañaría nada –respondió Joe–. Probablemente, ese fanático está volviendo locos a los vecinos del pueblo con sus sermones y a alguno se le ha ocurrido atacarnos. En más de cinco años que hemos vivido en esta casa, nadie, nadie nos había molestado nunca. Es verdad que en el pueblo mucha gente nos mira con recelo, pero hasta ahora siempre nos habían respetado. Desde hoy no podemos bajar la guardia. Germán, ten siempre a mano esa pistola. Nunca pensé que diría esto, pero ahora nos conviene disponer de un arma.

Acto seguido, se hizo un tenso silencio en la casa. Suzanne y Alice comenzaron a recoger los añicos de vidrio con una escobilla, mientras Paul cubría los cristales rotos con piezas de cartón.

–Mañana habrá que ir a la ferretería del pueblo –avisó Joe–. Hay que reparar esa ventana.

En los días siguientes, el caso de las ventanas rotas se convirtió en un secreto a voces en el pueblo. Nadie se atrevía a comentarlo en público, pero en las casas y en las pequeñas reuniones de amigos se sabía que el pastor evangélico estaba detrás de aquello. Algunos fieles de su iglesia, los más cercanos al pastor, consideraban el hecho como una justa represalia contra unos libertinos que no sólo pecaban, sino que también se enorgullecían de sus pecados. Sin embargo, el resto de los vecinos no hallaba ningún motivo para acosar y perseguir a unas gentes que no casaban con su estilo de vida, pero que siempre se habían distinguido por su talante pacífico y tranquilo. Para no levantar polémicas, el pastor decidió no referirse más a los miembros de la comuna en sus homilías ni acercarse más a sus tierras. De este modo, la casa fue recobrando la calma perdida. Llegó el mes de junio y con él una racha de lluvias tropicales. Estaba lloviendo un día tras otro, sin descanso, y todos los miembros de la comuna se habían refugiado en la casa. Germán se dedicaba sobre todo a leer los libros de Suzanne. Una tarde se dio cuenta de que Alice estaba leyendo, sentada en la cama de su dormitorio: había dejado la puerta abierta y su figura se veía desde el pasillo, iluminada por la tenue luz grisácea de aquel día lluvioso que se filtraba por la ventana de la habitación. Se acercó despacio hasta ella, que levantó los ojos del libro nada más advertir sus pasos, y se apoyó de espaldas a la pared, justo por delante de la ventana cerrada, mientras una lluvia caudalosa descendía sobre los cristales.

–¿Qué lees? –preguntó Germán.
El segundo sexo, de Simone de Beauvoir –respondió Alice–. Tú también deberías leerlo. Es una de las obras básicas del feminismo.
–Ahora no me apetece leer. Siento ganas de hacer otras cosas –replicó Germán–.
–¿Cómo qué? No se puede hacer mucho cuando llueve a cántaros y tienes que resguardarte en casa. Leer es una buena opción para matar el aburrimiento.
–Sí, pero… ¿el cuerpo no te demanda otras cosas?
–¿Cuáles?

Con toda la osadía de la que era capaz, Germán acercó su cara a la suya y la besó de forma súbita en la boca mientras acariciaba su pelo. Aunque Alice se declaraba lesbiana, aquel beso le agradó más de lo que pensaba y correspondió a Germán besándolo de nuevo y acariciando sus brazos. Tras pasar así varios minutos, los dos se fueron quitando la ropa hasta quedarse desnudos. Él se puso un condón que guardaba en un bolsillo de sus pantalones y la penetró con una mezcla de ternura y arrebato, a medio camino entre el amor y la libido más salvaje. Ella estaba saboreando por vez primera la carne de un hombre, la acometida furiosa del pene en sus cavidades vaginales, mientras jadeaba con ansiedad y se preguntaba qué demonios estaba haciendo con un hombre si ella siempre había sido lesbiana. Se sentía desconcertada, pero deseosa de seguir adelante. Después de quince minutos de goces carnales, Alice alcanzó el orgasmo, poco después de que Germán eyaculara dentro de su vagina, y se derrumbó fatigada sobre la cama. Cuando se despertó, Germán estaba fumándose un cigarrillo en la ventana.

–¿Podría hacerte una pregunta? –le pidió Germán.
–Dime.
–¿Por qué no me has rechazado?
–No lo sé… Me he pasado la vida entera creyendo que era lesbiana, que no me gustaban los hombres en absoluto, pero has aparecido tú y ahora ni yo misma sé lo que soy. Eres joven y guapo: quien lo negara mentiría. Desde que llegaste a la casa, has acabado con la monotonía que estaba apoderándose de la comuna.
–Así que yo soy la novedad –se sonrió Germán–.
–No, no quería decir eso. Tú eres mucho más que una simple novedad, pero… en cierta manera lo has cambiado todo. Has conquistado a Suzanne, luego a Paul… y ahora a mí.
–¿Sabes? Antes de llegar aquí, todo lo que no fuera monogamia me parecía un disparate. Pero Suzanne me ha enseñado a pensar de manera diferente. Todo lo que creía sobre el amor ha cambiado mucho. No hace falta quedarse atado a una sola pareja, si puedes amar a varias con libertad y respeto. Basta que todas las personas de una relación lo consientan.
–Sí, tienes razón. Pero me siento rara. Nunca me había acostado con un hombre.
–Nunca es tarde para probar novedades –se rió Germán mientras salía de la habitación–.

A medida que las semanas iban pasando, el cuarteto amoroso formado por Germán, Suzanne, Paul y Alice se consolidaba. Los cuatro cambiaron su forma de relacionarse entre sí, llegando a unos niveles de complicidad y confianza que jamás habían alcanzado. En cierto modo parecía como si la comuna hubiera regresado a sus primeros tiempos, cuando todos allí disfrutaban de una vitalidad salvaje y derrochaban su libido los unos con los otros. Así transcurrió todo un año, hasta que se cumplió el aniversario de la entrada de Germán en la comuna. Entre todos organizaron una cena especial para celebrarlo, rematándola con un brindis. Tras la cena todos subieron a sus habitaciones para acostarse, menos Germán y Suzanne, quienes se quedaron a solas en el porche de la casa. Era una noche calurosa de verano.

–Suzanne…
–Dime –respondió ella–.
–¿Y si tuviéramos un hijo? –Germán le preguntó de la manera más directa posible.

Suzanne se quedó pensativa, como si no supiera qué responderle. Hasta el momento, ninguno de los miembros de la comuna había tenido hijos, pues creían que aquel no era el ambiente más adecuado para criarlos. Sin embargo, Suzanne había sentido algunas veces un oculto deseo de maternidad que no revelaba a nadie. Le agradaba la idea de tener un hijo, pero no había encontrado a la persona adecuada para que fuera su padre.

–Piénsalo bien. Crecerá libre de prejuicios. Será capaz de ver el mundo con una mirada limpia. Tendrá la oportunidad que nunca nos dieron a nosotros. No crecerá bajo la presión de convertirse en un buen estudiante, de conseguir un buen trabajo… Jugará con nosotros y nos ayudará en las faenas del campo.
–No sé si merece la pena tener un hijo. Míranos a nosotros, Germán… Somos inadaptados que a duras penas han conseguido un refugio donde pueden sentirse a gusto. Pero el mundo podría habernos hundido en la miseria fácilmente. Somos una rareza para la mayoría de la gente. Y un niño criado en esta comuna no podría integrarse en la sociedad, y acabaría pasando por el mismo calvario que nosotros.
–No podemos adivinar el futuro, Suzanne. Ni tú, ni yo, ni nadie. Tener un hijo siempre es una aventura. Pero muchas aventuras acaban bien, como la nuestra. ¿Por qué deberíamos pensar que siempre estamos abocados a la ruina, al fracaso, a la desgracia? ¿Acaso no hemos sabido enfrentar y superar nuestros problemas? Y, si nosotros lo hemos conseguido, ¿por qué un hijo nuestro no podría conseguirlo también?

Suzanne asintió con la cabeza.

–Supongo que tienes razón –aseveró ella–.
–Ven conmigo… Entre efluvios de marihuana, concebiremos ese hijo. Será feliz a la sombra de las acacias, en el jardín… No será bautizado: no le impondremos ninguna religión, para que los ídolos del mundo no manchen de miedo y culpa su inocencia. Lo cuidaremos y le enseñaremos la sabiduría de la vida, la que no está en ningún libro.

Los dos subieron al dormitorio de Suzanne con alegre premura. La noche avanzaba mientras una luna llena de color macilento, como un disco de marfil envejecido, presidía el azul cada vez más oscuro del cielo. Germán y Suzanne se tendieron entre las sábanas. Comenzaron a besarse y se desvistieron el uno al otro, desabrochándose poco a poco la ropa, pues nada les urgía en aquel momento salvo la fuerza indómita del amor. Ni siquiera necesitaban intercambiar palabras, pues ambos sabían lo que deseaban hacer en aquel momento. Fuera de la habitación, el canto de los grillos sonaba cada vez más fuerte. Era la melodía infinita de la vida.



FIN